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Primera inauguración de un sistema Fondo Santa Catalina da la bienvenida al agua potable
La pequeña comunidad de Santa Catalina, en Paraguay, ha esperado 75 años para tener agua potable y saneamiento. Los servicios finalmente llegaron este pasado mes de noviembre, un hito doblemente significativo porque es la primera inauguración de un sistema de agua y saneamiento del Fondo. Las mujeres, principales beneficiarias, ya no tendrán que pasar horas acarreando el agua.
“Vemos cumplido nuestro sueño. Por fin todos tenemos nuestro baño”. Elsa Torres, Presidenta de la Junta de Saneamiento de Santa Catalina.
La entrada a Santa Catalina, el último de los 221 kilómetros que la separan de la capital paraguaya, cambia el asfalto por un camino quebrado de tierra rojiza. La comunidad ha crecido ordenada a ambos lados de la avenida, obedeciendo un riguroso alineamiento que no se observa en las localidades aledañas. Las casas, en su mayoría de madera y material cocido, dan la bienvenida a izquierda y derecha de la calzada, al igual que sucede con la escuela y con el campo de fútbol. Idéntica lógica sigue el tanque de agua elevado, que es ya un elemento más del paisaje.
Este pasado mes de noviembre, Santa Catalina estrenó el primer sistema de agua potable y saneamiento que se construye en el marco del Fondo de Agua. “Sois doblemente afortunados: a partir de hoy, tendréis acceso a un servicio imprescindible para todo ser humano, que implica el mejoramiento de la salud y de las condiciones de vida, el final de las enfermedades gastrointestinales y dermatológicas”, explicó la directora del Servicio Nacional de Saneamiento Ambiental (Senasa), Ada Beatriz Verna. Anunció además “el inicio de grandes cambios en el comportamiento colectivo, muchas veces poco visibles: posibilitará mejorar notoriamente la higiene, la disminución de la carga sobre la mujer ama de casa, el cuidado de los niños, la creación de oportunidades productivas y, sobre todo, una elevación de la autoestima comunitaria”.
Elsa Torres escuchó el discurso emocionada. La Presidenta de la Junta de Saneamiento de Santa Catalina recuerda que fueron muchas las veces que intentaron tener agua (“demasiadas en los siete años que llevo viviendo acá”) y que por fin ahora, de la mano de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Ministerio de Salud y Bienestar Social de Paraguay, “vemos cumplido nuestro sueño. Por fin todos tenemos nuestro baño”.
Y hasta 75 años ha tenido que esperar la comunidad, fundada en 1936 por el ex presidente Rafael Franco con pobladores procedentes de distritos cercanos, para tener agua potable y servicios de saneamiento. Ubicada en el distrito Eugenio A. Garay, en el departamento de Guairá, es una de las comunidades rurales e indígenas que tradicionalmente permanecen marginadas de proyectos de infraestructura -- precisamente a las que se dirige este programa del Fondo de Agua. Tras un estudio previo del terreno, se localizó el punto idóneo para perforar un pozo de 150 metros de profundidad, que hace así las veces de manantial.
Los más de 80 hogares de la comunidad ya cuentan con una unidad sanitaria a modo de baño moderno, acompañada por una cámara séptica y un pozo absorbente que evita los malos olores. Cada instalación cuenta con un medidor individual y las tuberías llegan hasta el interior de las parcelas. Ha sido necesario el esfuerzo conjunto de todos los actores: la comunidad, las autoridades locales y nacionales, las entidades donantes. En el tiempo que ha durado la instalación del sistema de abastecimiento, los integrantes de las juntas de saneamiento han recibido capacitación, en un proceso que ha contado con cursos para tesoreros y síndicos, así como para fontaneros, docentes, operadores e incluso para los alumnos de la escuela, que han aprendido a usar el agua de manera racional.
Uno de los pozos que empleaba la comunidad antes de recibir agua potable
Nélida, Elsa, María Estela, Joaquina, Irma, Reinalda y también Enrique, Ramón, Carlos… Las voces de todos ellos, entonando una combinación de guaraní y castellano, se unen a las de los más de 700 beneficiarios directos, que acompañaron con miradas de felicidad y agradecimiento que superan todas las lenguas posibles. “Por lo menos ahora ya puedo lavar la ropa y cocinar al mismo tiempo. Antes era imposible”, explica Joaquina, que a sus 70 años lleva media vida en Santa Catalina. “Es mucho más cómodo abrir el grifo que subir uno a uno cubos de agua del pozo. Ojalá el agua hubiera llegado mucho antes”.
Muy cerca vive Irma Brito, quien a primera hora de la mañana tiende ropa recién lavada en un cordel atado de árbol a árbol. Tiene la llave del agua a escasos metros mientras, al fondo, descansa el pozo tradicional. Unas pinzas de plástico y un cubo azul desgastado por el uso completan la escena. La imagen hubiera sido imposible hace poco más de un mes, cuando todavía Irma tenía que desplazarse hasta un arroyo cercano para este tipo de menesteres. “Perdíamos mucho tiempo pero era la única alternativa posible, aunque el agua no estuviera muy limpia”, indica para después mostrar el camino que va hasta el riachuelo, hoy un lugar reservado para la elaboración de almidón, que algunas vecinas venden a empresas privadas.
Santa Catalina es una comunidad pecuaria, dedicada sobre todo a la cría de animales menores como aves y cerdos. También cuenta con fábricas de madera terciada y con una consolidada actividad agrícola, en la que destaca el cultivo de la caña dulce, el algodón y el sésamo, además rubros de autoconsumo familiar, como la mandioca, el maíz, el poroto, las sandías, la batata y las verduras.
Previo a las instalaciones del Fondo, los pozos tradicionales cubrían las necesidades de agua, junto a los manantiales, arroyos y riachuelos cercanos. Casi cuatro de cada diez vecinos acarreaban el agua del pozo más cercano. El acarreo recaía principalmente en las mujeres, encargadas de la gestión domiciliaria. Pero todavía es posible acercarse a Santa Catalina y ver cómo los vecinos suben el agua a pulso. Porque lejos de haber quedado obsoletos, los pozos han focalizado su uso para el ganado. “Es el agua que hemos bebido siempre, pero la calidad es peor que la del depósito, que llega clorada”, indica Carlos al tiempo que alza un barreño lleno.
De izquierda a derecha: La Ministra Esperanza Martínez, Ada Beatriz Berna de Senasa, Cristina Aldama de la AECID, en el centro.
En una especie de dos por uno que incluye ducha y retrete en el mismo cubículo, los baños están ubicados fuera de las viviendas, paradójicamente, no en una discreta posición trasera sino bien visibles (algunos incluso frente a la entrada) y, por lo general, a varios metros de separación de la casa. “Por una parte, tener baño y ducha no deja de simbolizar cierta posición social”, explica uno de los técnicos de Senasa. “Por otra, desconfían y prefieren mantenerlos alejados de la vivienda para evitar los olores que provenían de las viejas letrinas, la mayor parte en muy mal estado de conservación. Es un proceso de asimilación que necesita tiempo”. Y es que, el agua potable no ha modificado muchas de las pautas socioculturales de la comunidad. Las encuestas preliminares identificaron la animadversión de los vecinos a construir un servicio higiénico dentro de la vivienda (nueve de cada diez habitantes se opuso) y han mantenido su posición hasta el final.
El párroco local Meliano Cardozo bendijo el 5 de noviembre la puesta en funcionamiento oficial del sistema de Santa Catalina; un acto en el que también participaron la Ministra de Salud Pública y Bienestar Social, Esperanza Martínez; la Directora de Senasa, Ada Beatriz Berna y representantes tanto de la AECID como del BID, además de autoridades de la zona y los beneficiarios directos. Más de un centenar de vecinos, engalanados todos ellos para la ocasión, disfrutaron del acto de inauguración, que contó con una danza tradicional, la lectura de un poema en guaraní y varias mesas informativas a cargo de los estudiantes de la escuela.En esas estaban cuando el agua pidió para sí todo el protagonismo, esta vez en forma de lluvia. El agua había llegado a Santa Catalina, y lo hizo por partida doble. Las gotas empezaron a caer de manera natural, con la cadencia justa, signo de prosperidad y salud futuras. A juzgar por el ambiente festivo, nadie pareció echárselo en cara.
La de Santa Catalina es la primera de las siete inauguraciones que están previstas en los departamentos de Guairá, Itapúa y Caazapá: Colonia Nancen, Cerrito, Punta Guazú, Limita Hovy-Hugua Guazu-3 de Febrero-Santa María, Barrio San Ramón, Libertad del Sur Primera y Segunda Línea, y Curuzupé. En total, cerca de 750 familias y casi 4.000 habitantes.
Porque Santa Catalina pertenece a un programa mucho más amplio que con este acto dio un paso más. Cerca de 156.000 personas se beneficiarán de la donación de 40 millones de dólares que concedió España a través del Fondo. El proyecto, que también cuenta con un crédito del BID de 12 millones de dólares y una aportación de ocho millones de dólares de fondos locales, pretende extender la cobertura de agua potable y saneamiento a comunidades rurales e indígenas de todo el país. “Apoyamos iniciativas como ésta para que las comunidades se puedan desarrollar y tengan la oportunidad de vivir mejor”, explicó la Ministra de Salud en su discurso.
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